La segunda parada corresponde a la estación Delgado, ubicada en el paraje rural homónimo. La apertura de la misma coincide con el año de inicio de los servicios en el ramal Pergamino-Vedia de la CGBA.
Como vimos en entradas anteriores el ramal comienza con sus operaciones en 1910, se estatiza en 1947, se recortan sus servicios de pasajeros en 1961 y se clausura definitivamente en 1977. Hoy sus vías permanecen sumergidas bajo una gruesa capa de tierra fértil de la pampa húmeda a la espera que llegue alguien que las desempolve o convertirse vaya uno a saber en que futuro combustible a base de restos fósiles ferroviarios.
Delgado nunca llegó a consolidarse como pueblo, siempre su población fue considerada como rural dispersa pese a que en la década del cuarenta llegó a tener una considerable actividad impulsada por el ferrocarril, la proximidad con la provincial 50 que pasaba a las puertas del caserío y las bondades de una tierra mágica que todo lo podía.
El tren llegaba los martes y viernes con pasajeros, salía a las 8 de la mañana hacia Pergamino y retornaba 17:30, el resto de los días pasaba el carguero con cereal y animales, esta regularidad impulsó el establecimiento de comercios en torno a la estación como el almacén de ramos generales de José Servio que posteriormente se convirtió en el club que organizaba los mejores bailes en la zona. La escuela rural tipo chalet contaba con una buena matrícula a base de hijos de puesteros o comerciantes y así en ese micromundo armónico transcurrían las vidas de los habitantes del paraje rural Delgado, tranquilidad que fue mutando a silencio de camposanto cuando el Plan Larkin le robó su tren de pasajeros, la provincial 50 se alejó cinco kilómetros de la entrada del pueblo cortándole el cordón umbilical que lo comunicaba por carretera al resto del mundo y la proximidad con Ferré un pueblo que no era pueblo pero que no paraba de recibir gente de estos parajes que se iban vaciando por designio de funcionarios con zapatos y pavimento que nada sabían de la vida tierra dentro.
El edificio está deshabitado, pero se mantiene en buenas condiciones, en el predio se ubica la consabida planta de silos, el tanque de agua que alguna vez fue el hogar de Adolfo Rolandi, aquel chico que soñaba con volar y que dicen se trepaba a los molinos para ver más de cerca a los aviones y una casa ferroviaria hoy invadida por la foresta que conserva en sus límites la maquinaria agrícola que encabeza la entrada, después tan solo silencio y rastros, datos, vestigios del pasado manso y venturoso de un asentamiento rural que no pudo resistir ni a la modernidad, ni a la burocracia centralizada.
Como vimos en entradas anteriores el ramal comienza con sus operaciones en 1910, se estatiza en 1947, se recortan sus servicios de pasajeros en 1961 y se clausura definitivamente en 1977. Hoy sus vías permanecen sumergidas bajo una gruesa capa de tierra fértil de la pampa húmeda a la espera que llegue alguien que las desempolve o convertirse vaya uno a saber en que futuro combustible a base de restos fósiles ferroviarios.
Delgado nunca llegó a consolidarse como pueblo, siempre su población fue considerada como rural dispersa pese a que en la década del cuarenta llegó a tener una considerable actividad impulsada por el ferrocarril, la proximidad con la provincial 50 que pasaba a las puertas del caserío y las bondades de una tierra mágica que todo lo podía.
El tren llegaba los martes y viernes con pasajeros, salía a las 8 de la mañana hacia Pergamino y retornaba 17:30, el resto de los días pasaba el carguero con cereal y animales, esta regularidad impulsó el establecimiento de comercios en torno a la estación como el almacén de ramos generales de José Servio que posteriormente se convirtió en el club que organizaba los mejores bailes en la zona. La escuela rural tipo chalet contaba con una buena matrícula a base de hijos de puesteros o comerciantes y así en ese micromundo armónico transcurrían las vidas de los habitantes del paraje rural Delgado, tranquilidad que fue mutando a silencio de camposanto cuando el Plan Larkin le robó su tren de pasajeros, la provincial 50 se alejó cinco kilómetros de la entrada del pueblo cortándole el cordón umbilical que lo comunicaba por carretera al resto del mundo y la proximidad con Ferré un pueblo que no era pueblo pero que no paraba de recibir gente de estos parajes que se iban vaciando por designio de funcionarios con zapatos y pavimento que nada sabían de la vida tierra dentro.
El edificio está deshabitado, pero se mantiene en buenas condiciones, en el predio se ubica la consabida planta de silos, el tanque de agua que alguna vez fue el hogar de Adolfo Rolandi, aquel chico que soñaba con volar y que dicen se trepaba a los molinos para ver más de cerca a los aviones y una casa ferroviaria hoy invadida por la foresta que conserva en sus límites la maquinaria agrícola que encabeza la entrada, después tan solo silencio y rastros, datos, vestigios del pasado manso y venturoso de un asentamiento rural que no pudo resistir ni a la modernidad, ni a la burocracia centralizada.
Voy en busca de la próxima parada, una tan pequeña que se quedó sin nombre.
En el camino hacia el pueblo sin nombre propio me cruzo con el primer puente del recorrido, aquí la vía de la CGBA sobrepasa a la del BAP en su ramal Rawson-Arribeños.